En mi mente es un recuerdo tan nítido como pocos. Repaso con facilidad la salita del Club Zipa, el lugar de encuentro por esos días de juventud en Zipaquirá, en donde con los cuatro amigos de siempre nos sentamos a ver el esperado clásico entre Inglaterra y Argentina.

Era el Mundial del 86, mejor plan imposible. Un sillón de cordobán agrietado, una mesa "bajita" de madera con varias cervezas encima, el televisor de cuatro patas adornado con porcelanas, la señal más o menos buena, pero la suficiente para disfrutar de la que para mí era "la madre de todas las batallas".

Reconozco mi soledad de aquellos tiempos en eso de ser hincha de Argentina y más de Maradona. Por esa época lo de rigor era seguir sin dudas a Brasil y su corte de estrellas.

Mi generación rondaba los 5 años cuando Pelé desbordó su talento en México 70, pero no era solo Pelé, eran Rivelino, Gérson, Tostao, Jairzinho, Carlos Alberto. Crecimos adorando la magia de los 'cariocas', en cambio a los futbolistas del sur más bien los despreciábamos.

Tal vez fue mi fidelidad inquebrantable a la lectura de ‘El Gráfico’ y las crónicas de Proietto, la admiración por Sarnari, Pandolfi o Gottardi, los argentinos que llegaron a Santa Fe y que por años hicieron que valiera la pena ser hincha del equipo 'cardenal'. No sé, pero por dentro fue creciendo una sincera afición por el fútbol del sur del continente.

Dicho esto, regresemos a esa tarde de junio del 86. Allá en lo más profundo de mi ser abrigaba la esperanza de que ese era el día en el que muchas cosas se iban a poner en su lugar.

Ya ‘el Diego’ había dado algunos adelantos de lo que sería su paso por México y todos, para bien o para mal, tenían los ojos puestos en él.

Al partido contra Inglaterra la prensa le había puesto un ingrediente que lo hizo aún más determinante: la guerra de las Malvinas.

Solo cuatro años atrás el mundo había sido testigo de tal confrontación con sus terribles resultados a cuestas. Así que todo estaba servido para observar el que muchos calificaron como el "clásico de los clásicos".

Pero a pesar de tanta expectativa, nadie, ni el más atrevido de los adivinos habría sido capaz de predecir lo que estábamos a punto de presenciar.

Muchos, sin saber por qué, teníamos el pálpito de que esa tarde sería la coronación de Diego Maradona.

Y por cuenta del jovencito de Villa Fiorito, en la cancha del estadio Azteca se juntaron la picardía y la genialidad, la astucia y la velocidad, lo más elemental del ser humano y la grandeza de la gloria, en últimas todas las contradicciones de la vida confluyeron, los sentimientos más opuestos se pasearon por esa cancha, la rabia por la trampa, pero también la inmensa felicidad que provoca el talento sin límite.

Aún recuerdo cómo esa tarde fría en Zipaquirá, a miles de kilómetros del lugar donde se gestaba la más grande conquista de ‘el pelusa’, la fusión de sensaciones hizo que el corazón saltara más rápido de lo permitido.

Incrédulo vi cómo de ‘la mano de Dios’, Argentina no solo se abría paso hacia el título mundial, sino que trataba de equilibrar la historia y Maradona saldaba cuentas con la vida y con el fútbol.

Y cuando creímos que lo habíamos visto todo, pasó lo que aún muchos decimos que se trata de una escena de otro mundo. Habían pasado cuatro minutos desde que Maradona con la mano venció la resistencia del arquero inglés Peter Shilton, cuando se desató la locura.

Minuto 55, Héctor Enrique le entregó el balón a Diego en la mitad de la cancha y el primer giro del crack que dejó a dos rivales fuera de camino, nos hizo presagiar que algo espectacular se avecinaba. Describir lo que vino después sobra, se ha hecho miles de veces y de todas las formas, pretender dibujar con palabras lo que desborda los límites de lo real es muy arriesgado.

Solo puedo decir que me siento privilegiado de, así fuera de lejos, observar semejante momento. Uno a uno fueron quedando desparramados los ingleses que en vano trataron de detener al ‘barrilete cósmico’.

Nadie pudo impedir su marcha hacia la gloria. Esa tarde Maradona dejó su sello imborrable en la historia del deporte más popular del mundo y seguro sin saberlo, a su manera, marcaba lo que al fin y al cabo sería una impronta en su vida.

Entre ‘la mano de Dios’ y el gol del siglo transcurrió esa tarde inolvidable. De la polémica y la indignación, a la adoración y el encanto. El mundo no sabía si aplaudir al genio o señalar al pillo.

Y como una sentencia, esa tarde se decidió que así serían en adelante los días del crack. Siempre caminando por la delgada línea que separa lo correcto de lo incorrecto, lo prudente de lo imprudente, lo bueno de lo malo. Entre gambetas endiabladas, goles irrepetibles, jugadas imborrables, Maradona construyó su historia de dios siempre adobada por su condición humana.

Hasta sus últimos días, afectado por problemas cardiacos, sobrepeso y malas amistades, el Diego no pudo librarse de ese sello. Incluso hasta después de muerto lo persigue.

Hoy repaso los instantes vividos hace 35 años en esa salita del Club Zipa, sigo el recorrido por mi memoria de las tres décadas que han pasado y lo que significó ese genio regordete para el fútbol, tantas cosas se definieron en esos 90 minutos en el estadio Azteca, se sentenció el destino de un ídolo, también el de millones que desde ese día caímos rendidos ante su talento, quién lo creyera, fíjense todo lo que puede suceder una tarde cualquiera.

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Una tarde cualquiera
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Hace unos días se celebraron los 35 años de una de las jornadas más polémicas, y más gloriosas, del deporte. Maradona le pasó factura al fútbol y a la vida.
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Hace unos días se celebraron los 35 años de una de las jornadas más polémicas, y más gloriosas, del deporte. Maradona le pasó factura al fútbol y a la vida.
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Gustavo Nieto, subdirector de Noticias RCN
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